Saturday, August 05, 2006

El valor de lo invalorable

Me marcó la experiencia de darme cuenta de que la gente es estúpida...
Esa es la frase más cuerda que dijo el vocalista de Los Prisioneros, Jorge González.
En efecto. Me marcó profundamente la experiencia de darme cuenta de que la gente no sabe apreciar lo que debe apreciar, y que sin embargo se detiene a admirar lo que está muy lejos de ser admirable.
En mi cortísima experiencia como aprendiz de periodista (nunca llegaré a serlo), me han marcado muchísimos encuentros con personas y situaciones altamente valiosas. Muchísimos más rescatables que ir a conocer un medio de comunicación a Santiago o jugar a ser periodista de radio o televisión en medios regionales, sin brillar mucho en clases.
Me ha marcado la experiencia de conocer a personas tan abnegadas y contanto empuje, tan inteligentes, tan brillantes las cuales me han enseñado mucho, sin ellos darse cuenta de que lo han hecho.
Yo voy a detenerme a valorar lo que realmente se debe valorar, y que muy pocos estudiantes de Periodismo se molestarían en valorar.
Conocí a un escultor en Coquimbo, que vive en el cerro, en una casa muy humilde, llena de tesoros, llena de arte. Un verdadero mundo de cultura en Coquimbo, en uno de sus cerros con calles a medio pavimentar y con niños semidesnudos jugando a ser felices.
¿Era necesario construir monumentos costosos y llenos de lujo, cuando había ya una pequeña ola de cultura en nuestras propias calles?
Su casa era un paraíso. Un armonioso museo. Una avenida de colores y formas que cualquier calle adornada con palmeras podría envidiar.
Como olvidar la experiencia de haber conversado con ese vendedor de pasteles en La Calera. Él resumía su visión de política de una manera tan simple, tan bella, tan razonable, tan cotidiana. "Para mí, el pan, es política".
Se los dejo como tarea, futuros periodistas.
En medio de tanta gente que presume más de lo que ofrece, voy a admirar al Padre Jerónimo. El único cura redentorista(congregación religiosa para la cual trabajo los sábados)verdaderamente piadoso que yo haya conocido. Me acuerdo cuando me invitó a comprar cholgas a Angelmó, para hacer hora y mientras un paciente del Hospital de Puerto Montt era derivado a una sala de recuperación. Como a las 12 de la noche, regresamos al hospital, mientras varios otros curas redentoristas de seguro estaban en sus comunidades viendo TV cable, el padre Jerónimo estaba orando junto a ese enfermo y dándole la unción.
Cuantas experiencias. Cuanta gente realmente valiosa.
Ese chofer de microbuses en Punta Arenas, que, según dicen, perdió un hijo y por eso saluda con sonrisas a los estudiantes que ocupan su vehículo.
Ese amigo mío homosexual que me confesaba querer tener amigos hombres heterosexuales y no solamente gays.
Ese documentalista municipal que ideó un maravilloso proyecto de recuperación histórica en mi ciudad, para que el crédito y los aplausos se los llevara la tan respetable autoridad.
Puedo seguir. Pero prefiero quedarme con la idea de que enjuiciarán lo que acabo de escribir tan sólo con la frase "no estoy de acuerdo", y que el mundo seguirá valorando lo que carece de valor profundo.

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